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Sueños

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Por algún extraño motivo, últimamente tengo un montón de sueños. Pero no sueños como ambiciones, sino sueños DE VERDAD, de los que te despiertas pensando que tienes un desajuste psicológico. Los sueños siempre me han atraído mucho, porque me parecen representaciones muy creativas de nuestra percepción de la realidad y sobre todo porque me parece fascinante el tipo de creatividad que surge mientras descansamos.

Día 1. Ranma 1/2 o la golfería en simbiosis.

Tengo un amigo que acaba de mudarse de vecindario. Todo le va bien, tiene una vida más cool que nunca y tengo muchas ganas de verlo. Tengo una amiga que últimamente está remontando las barreras que la vida ha decidido, muy injustamente, ponerle a su paso. No es que sea una luchadora, es que no necesita luchar porque está por encima de eso. Así que va saliendo adelante con muchísima dignidad. Tengo muchísimas ganas de darle un buen achuchón.

Soñé que me iba con él a conocer su nuevo contexto, todo era megasupercooldelamuerte, decidimos irnos abajo a por unas cervezas a comenzar una noche de pingoneo y ¡sorpresa! en contacto con la cerveza (¡rubia!) J se convertía en ella. Simbiosis cervecera.

Día 2. Los yonkis del final de la calle.

Este no lo recuerdo particularmente bien, pero íbamos en el coche hacia la antigua casa de mis padres (¡Oh, Freud!) y al final de la calle, donde antes había un campito que usábamos para jugar al béisbol y ahora hay unos semiadosados pequeños, feos, caros y vacíos, ahora había una colonia de drogadictos. Bueno, más que drogadictos, yonkis. La diferencia es evidente. Y yo decía “Nooo, por ahí no“. (Esta es un poco malrollera cuando la cuento, pero no fue una pesadilla)

Día 3. Mi tía y el embutido de buey.

Aún arriesgándome a que alguien me copie la mejor idea comercial de este siglo, voy a desvelarla. La otra noche soñé que mi tía vendía embutido de buey. Choricitos, lomo, morcillitas, chistorra, longanizas de pascua… Me pareció una idea buenísima si tenemos en cuenta que la población musulmana en España es del 2.9%, es decir 1,008,536 censados en 2011. Y en España la integración pasa por el embutido, estamos claramente ante una labor social y además, lucrativa. La nouvelle cuisine se volvería loca. O igual sólo era un sueño de gorda premenstrual: la carne de buey es mi favorita.

Día 4. El mejor reality del momento.

Seamos realistas, los realities de los Estados Unidos nos llevan años de ventaja: su capacidad para ignorar los derechos humanos básicos de los participantes es fascinante. Si pensabas que La Isla y su carencia de alimento ya era duro, no te pierdas The Colony para entender que en los realities sencillamente no hay límites (The Colony sólo tiene dos temporadas porque algunos participantes demandaron al programa por daños psicológicos irreversibles y si has visto la serie, sabes que no es mentira). Anoche soñé que Michael y yo entrábamos en un reality estadounidense que además era de lo más políticamente incorrecto. Se trataba de que el programa te daba un BMW ranchera y 10,000 euros al día. Hasta aquí todo bien. Pero tenías que permanecer en una especie de descampado/campamento de drogodependientes, esta vez respondían al estereotipo “The Walking Dead” y el descampado estaba vallado, con lo que se convería en un redil y casi un coliseo romano. No podías dormir en el coche, tenías que dormir fuera, en un saco y el dinero te lo daban en efectivo, evidentemente lo tenías que defender de las amenzas exteriores obvias. Además sólo había un sitio con una especie de techo y todos lo querían. Solución: Mientras M. bailaba para las cámaras (como en este vídeo de Padre de Familia), me iba a hablar con los yonkis y les ofrecía parte del premio si nos dejaban quedarnos y no nos molestaban, de forma que cada día les dábamos un porcentaje del efectivo, eso sí, tenían que fingir que no recibían ningún pago nuestro y de vez en cuando venir a intentar robarnos. Qué sueño más facha ¿no?

PD: Antes de sacar conclusiones precipitadas sobre los drogodependientes y mi realidad, últimamente estamos viendo documentales sobre las primeras fases de la adopción, es decir, de cuando Servicios Sociales interviene y quita la custodia del menor. En todos los casos que hemos visto, existe el factor drogodependencia.

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Treintaitantos

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Mi grito de adolescente no fue “¡mamá!”, sino “¡madre!”. Antes de que saquemos conclusiones precipitadas, no era falta de apego, sino que ya desde adolescente me pareció una memez referirse a una madre como si fuese un bebé. Como adolescente fui una pesadilla, hubiera necesitado a Pedro García Aguado y a todo su equipo para una terapia de choque intensivo (porque a Mary Poppins me la hubiera comido). Pero por aquel entonces Pedro seguramente estaba esnifando cocaína en algún bar de mala muerte mientras yo me desganitaba desesperadamente en el pasillo de la casa de mis progenitores. Como Miley Cyrus con un constante síndrome pre-menstrual.

¡Qué bonita la adolescencia! En la flor de la vida, me decían que estaba. ¡Y una MIERDA! lo decía entonces y lo reafirmo ahora, la adolescencia es una mierda y ser padres o tutores de un adolescente tiene que ser un infierno y quien diga lo contrario es que ha tenido un adolescente “light” en casa y ya se puede dar con un canto en los dientes, porque la mayoría de los adolescentes son, como decía un gran amigo, unos “cabrones por naturaleza”. Está en la esencia misma del adolescente probar límites (es decir, llevar a las autoridades al límite), adquirir nuevas libertades (o tomárselas), explorar nuevas experiencias (en muchos casos ilegales), experimentar con su nuevo cuerpo… vamos, lo que los padres siempre han querido. Y encima la niña se deja el ballet para pegarse con hombres sudorosos, va con mala gente, fuma, vuelve a las tantas y se viste como una zarrapastrosa… una chica de ensueño. Qué dura la adolescencia, fue como una lucha constante hacia dentro y hacia fuera.

Por eso mi madre no merecía que la llamase “mamá”, sino Madre o incluso Señora Madre. Porque con lo que soportó (y soporta) se merece un titulo nobiliario.

Pero tranquilos, padres, tutores y adolescentes. La adolescencia, al contrario de lo que parece, se acaba pasando. Las hormonas se estabilizan (más o menos), los conflictos se resuelven (o aprendemos a vivir con ellos), los choques desaparecen (o parendemos a esquivarlos) y entramos en La Treintena (sí, sí, se tarda tanto), ¡¡Qué bonita la treintena!! Eso sí que es vivir y no la mierda de la adolescencia. Con dinero, con trabajo, con casa, habiendo crecido, con felicidad, conociendo los límites y moviéndonos dentro de ellos. Cuando te tatúas ya no tienes que pedir permiso ni aguantar las reprimendas, de hecho, no tienes ni porqué informar. Adolescentes: Hay esperanza, ya veréis cuando lleguéis qué bonito es todo esto.

¿Y porqué después de tanto tiempo sin postear escribo sobre mi madre? Porque tengo que hablar con ella YA… antes de que lea esto, ya que estoy hasta las cejas en otro proyecto del cual no debería postear hasta que no hable por lo menos con mi madre. Pero vamos… desde hace como cuatro semanas. Y por algún motivo las cosas importantes siempre son más complicadas de explicar a una madre. De hoy no pasa y mañana posteo.