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El feo, el malo y la buena.

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Hoy he llegado a una conclusión: Siempre puedes contar con que en la ciudad haya una cucaracha a menos de 3 metros, un roedor a menos de 10 y un gilipollas en menos de una semana, lo que pasa es que también se camuflan. Me explico con tres casos que me han ocurrido hoy en cuestión de un par de horas. Hoy la primera entrega: El Feo.

El Feo (en mayúsculas porque mira que era Feo).

Todos los días saco a pasear al perro a un parque cercano. Antes de llegar me he cruzado con la cartera a la que mi perro, lejos de odiar, ha besado en la mano cortesmente, ella se ha ido diciendo “Oooh, ¡estoy tan enamorada de tu perro!”. Nada más cruzar la calle, en la esquina, tras una vaya de obras, un hombre intentaba encender una radial gigante y me ha oído decirle al perro “¡Corre! ¡Antes de que se ponga a hacer un ruido infernal!” inmediatamente el perro ha mordido la correa y de un salto y poniendo el culo en pompa, me ha estirado para que corriera más; los obreros lo han encontrado muy divertido y nos hemos dedicado unas risas. Ya en el parque había un grupo de chicos pelándose alguna clase bajo el sol primaveral y fumando algo importado. Mi perro, que tiene la gran virtud de no juzgar sin conocer, se ha acercado a encandilarlos (cómo no) y otra vez han vuelto a volar sonrisas (esta vez creo que verdes) por todo el parque. Y ahí estaba yo pensando “¡Qué bonita es la vida! ¡Qué bien responde la gente cuando sales de casa con una gran sonrisa!”, “es todo una cuestión actitudinal, todos devuelven la sonrisa y el mundo parece más bonito”, “nos hacemos felices los unos a los otros”. Lalala, corazones por el aire, lalala, flores que bailan, lalala, mariposas revoloteando, lalala, unicornios de colores pastel… De vuelta a casa mi chucho seguía juguetón, ha cogido la correa con la boca para incitarme a forcejear un poco, algo que hacemos con frecuencia y que tomo como un gesto de complicidad. Hay que decir que mi perro es un galgo y por lo tanto sólo con el tamaño si quisiera me arrastraría, pero no lo hace. Hoy yo estaba juguetona y él feliz (o quizás al revés) y estábamos ahí con el toma y daca de camino a casa. La calle venía en cuesta de forma que yo la subía y una bici que la bajaba con un señor arriba, se ha acercado y de forma muy amenazante me ha escupido a los pies (sí, sí) para acto seguido, gritarme:

“¡Controla a tu puto perro!” (Get that fucking dog under control!).

Sí, mi perro: ese ser sanguinario, justiciero de asesinos, del cual hasta el mismísimo Punisher huye como si del Cid Campeador se tratara. La pena es que no sea un Dobermann con muy mala leche para azuzárselo. Claro, que entonces no hubiera dicho nada. Nos ha gritado porque éramos un galgo y una niña y todo el mundo “sabe” que los galgos no muerden y que las niñas no contestan.

Conclusión: Independientemente de nuestra sonrisa, siempre hay al menos un gilipollas acechando, son impermeables a las circunstancias externas y a los sentimientos de los demás. Así que me he propuesto que los gilipollas con los que me tope y la longitud de mi sonrisa, sean variables independientes; no voy a dejar que su estupidez me quite la sonrisa ni que mi felicidad me evite compartir con ellos mi punto de vista sobre “mi territorio”  vs. “tu territorio”. O dicho de otra forma: si mi perro no ladra, es porque es mi deber hacerlo. Eso sí, se puede ladrar sin perder la compostura y sobre todo, sonriendo.

Y ahora voy a hacer algo que siempre me hace reír: arrodillarme y jugar con mi Batman, que él por lo menos, se atiene a las leyes básicas de la lógica y del sentido común: “Tú me empujas, yo te ladro”, “Tú coges mis cosas, yo te las quito”, “tú corres, yo te persigo”, “tú me bailas, yo te quito las zapatillas” y así un montón de binomios más hasta que llega a “yo estoy cansado, yo duermo”.