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Putas y cocaína en Moscú.

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Podría ser Tarantino escribiendo el guión de su nueva película, o podría ser un reportaje de la dos, pero sorprendentemente, es un trocito de realidad que me pasa cerca, rozando, como diciendo “podrías ser parte de esto”. Es como cuando se casa un ex o encuentras a alguien de tu promoción en Facebook y descubres que tiene tres hijos y un marido que se parece a Cabeza de Cerdo. No eres tú, pero empiezan los sudores fríos.

He de decir que no me gusta hablar particularmente mal de ninguna persona con la que haya compartido un trocito de mi vida, pues creo que eso mancillaría mi experiencia vital trocito a trocito y al final me daría una visión muy triste de mí misma. Pero hoy voy a hacer una excepción, y ahora que lo pienso, tampoco compartimos nada, quizás porque no había nada que compartir. Nada que valiese la pena. Por eso nunca contó como mi ex. Eso sí, contó como el ex de otra persona a la que tengo mucho cariño. Qué irónica la vida, ahora mismo realmente le desearía que hubiera pasado ese tiempo con cualquier otra persona, no por envidia ni por celos (antes muerta a lingotazos de Zotal), sino por aquello de desear lo mejor a la gente a la que una quiere. Pero fue su decisión, su vida y su elección y como persona inteligente que es, se lo respetaré siempre.  Así que espero que sepas que este post nace del cariño hacia ti y más por ti que por mí, pues tú estuviste más cerca de esto que yo.

Así que alguien decide casarse, no sin dejar detrás un rastro de confusión, propio de quien vive en la falacia contínua, nunca dice del todo la verdad y finge ser quien no es. Y por si no era suficientemente mediocre y revenido, decide subir tres puntos en la escala de la repulsión y celebrarlo con putas y cocaína en Moscú. Como dice un amigo “El dinero no corrompe, el dinero descubre” y ahora tiene dinero para irse de putas a Moscú, antes, no. Venga, chaval, de aquí a nada te salen pelos salvajes en las orejas y te pones a gestionar una depuradora.

El motivo de postear sobre esto reside en que quizás me encuentre en un punto vital semejante. Y lógicamente he tenido las típicas dudas de “¿Esto es lo que yo quiero?“, “No quiero caer en la mediocridad”, “Oh, dios, semiadosado, monovolumen, perro y niños = Huída necesaria!”. Irónicamente, al final le tendré que dar las gracias, pues por contraste, hace que mis decisiones sean más fáciles. No quiero esa vida, no comparto esa definición de éxito, de pareja, de vida, de diversión y por supuesto, mi felicidad no tiene nada que ver con la explotación ni el uso de los demás.

Sí quiero esto. No quiero a rancios pero sí quiero un trocito de normalidad, de MI normalidad, que ya me lo pintaré yo de colores, nuestros colores, nuestras definiciones de felicidad, nuestras definiciones de éxito y nuestras definiciones de lo que es una familia y cómo funciona y así seguiremos dejando la mediocridad a un lado.

http://www.youtube.com/watch?v=HgGcNXZTZvU

(desde el minuto 5, no he encontrado una versión más corta)

 

Y con esto cierro el post de hoy. No sin antes besar el suelo que habito, adorar a mi pareja por ser quien es y como es, revisar mi/nuestra definición de “éxito” y alegrarme de que la sosa de su novia no sea mi amiga, porque tendría que decirle el tipo de escoria que es, y eso sería una conversación muy difícil, pero necesaria.

 

PD. Si lees este post que sepas que si me intentas volver a agregar a tus amigos de Google+, Facebook, Twitter o cualquier otra red social, te añadiré, buscaré a tu novia y te arrepentirás. Por cierto, si alguna vez nos cruzamos no oses saludarme, se me ha acabado la motivación para mantener las formas.

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