Archivos diarios: 24 de abril de 2012

Zhang Yimou

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Hace ya un tiempo un compañero karateka de buen nivel, me relató un incidente que por algún motivo se ha quedado conmigo. No recuerdo con exactitud todos los datos, pero aunque parezca irónico, sí recuerdo los tecnicismos, así que voy a intentar narrarlos.

Un día, volvía a conduciendo de camino a casa por El Rocío, Sevilla, durante sus fiestas. Una de las calles se encontraba cortada por un lado, por lo que en ese momento era unidireccional. Entre todas las luces, la música y la oscuridad propia de la noche, en un segundo una de las luces creció y se abalanzó contra el capot delantero del coche. Frené. Sentí un golpe. Oí un grito. Salí del coche en un aura de incredulidad para encontrame a una chica estirada sobre en el asfalto a dos metros de una scooter azul, todavía en marcha. Gritaba. Rápidamente me abalancé sobre ella para levantarla.

-¡Hijo deputa, quita, cabrón!

-¿Estás bien?¿Te has hecho daño?¿Te ayudo a levantarte?

-No, quita, para la moto. Pásame le bolso, ahí en la guantera, pásame el móvil que llame a mi novio.

Sin pensar más que en darle lo que me pidiera, paré la moto, busqué el bolso en la guantera de su moto, saqué el móvil y se lo dí. Ese fue mi primer error. A los cinco minutos seguía su actitud impertinente (aunque entendible). Llegó un renault 18 con su novio, y lo que seguramente eran sus amigos. Bajaron del coche andando como si llevaran los genitales entre paréntesis y golondinos a la vez. El andar de la selva sevillana. 4 en total. 2 de ellos blandiendo sendos pitones metálicos. Ya en estado de semi pánico, me percaté de que uno mantenía la mano derecha sospechosamente escondida en su bolsillo. No te preocupes Jose, tú estarás bien, que sabes defenderte“.

Cruzamos, o más bien me ladraron, pocas palabras pero yo ya no las escuchaba porque les leía el cuerpo. A partír de aquí dejé de oir nada. El fondo se fundió a negro y me encontré como dentro de un túnel, o más bien, de un tobogán. Ví cómo el que me venía ladrando se abalanzaba contra mí levantando el pitón en alto para coger impulso y estampármelo en la cabeza. Salté, literalmente, más que en cada uno de mis 25 años; mientras ascendía por el aire busqué el siguiente punto de apoyo: el capó de mi coche paraba suficientemente cerca de la pierna que llevaba doblada por el impulso del salto. Observé a cámara lenta cómo cambiaba la expresión de su cara: primero las cejas, los ojos, la comisura de los labios y la mano izquierda cayendo lentamente mientras la derecha empieza a mover el pitón hacia mí. El ataque es descendente y circular lo que quiere decir que no puedo retirarme hacia atrás ni hacia los lados. No me queda otra opción, me impulso hacia él apoyándome en el coche con todo lo que mi pierna da de sí, me preparo para lanzar todo mi cuerpo, con mi rodilla izquierda apuntando directamente a su esternón “Esto lo parará seguro”. De repente veo cómo llega un segundo ataque en 45 grados. Así que mientras me lanzo saco no sólo mi rodilla, pero también mi puño, calculo sus velocidades y trayectoria, apunto dos centímetros por debajo de donde estaría la comisura de sus labios si estuviese serio, y consigo mi blanco perfectamente: Empieza a caer hacia el lado: creo que lo he dejado KO. Uno menos. Seguidamente impacto con mi rodilla en el pecho del chico del pitón, voy entrando en su pecho y noto un “crack” entre mi rodilla y su espalda. Cae hacia atrás entre tosiendo, ahogándose, e intentando gritar. Creo que le he roto el esternón. Algo así hubiera sido incapaz de verlo en televisión sin apartar la cara y compungirme por simpatía con el herido, sin embargo ahora mismo no siento nada más que incredulidad y la sensación de estar fuera de lugar. Me giro horrorizado temiendo la reacción del siguiente. Me ataca de frente y saltando hacia mí con la mano rerecha por delante: Evidentemente lleva algo que posiblemente corte o pinche. Primera prioridad: Apartarse. Vuelvo a saltar hacia atrás y de nuevo sobre el capot del coche. Salto hacia arriba y observo desde las alturas como completa su ataque y queda estirado hacia delante, calculo mis posibilidades: no puedo darle con las manos porque me podría cortar con la navaja, el pincho o lo que sea que lleva, por lo que tengo que utilizar mis pies, mietras caigo subo la rodilla hacia el hombro izquierdo, cogiendo impulso, veo su pierna delantera casi estirada hacia alante, trazo la línea de los 45 grados sobre su menisco y bajo mi rodilla con toda la fuerza y seguridad que me queda. Noto, a través de la suela de mis zapatillas, cómo primero el hueso se desplaza rozando sobre la rodilla, noto el tendón saliéndose del sitio y la rodilla dislocarse. Cloc, cloc. Recojo la pierna para caer de pie. No lo consigo, pero me levanto de un salto gritando con todas mis fuerzas. No sé por qué. Necesitaba librerarme. La chica y el otro que queda huyen el la moto. Hay tres adolescentes en el suelo gritando de dolor. No me puedo ir. No puedo conducir. No los puedo dejar. Grito otra vez, y otra, y otra… no puedo pensar, sólo gritar. Cloc, cloc. Veo a la policía llegar y les grito. No les insulto: les grito. Vienen a arrestarme. No lo puedo permitir. No les puedo pegar. Les grito. Sacan la porra y se avalanzan sobre mí.

No recuerdo más. Me desperté en una celda, ya no grité más, tampoco pude hablar las primeras horas. Cloc, cloc. No sé cómo he llegado aquí. Yo sólo quería irme a casa a dormir. Es como si algo se hubiera apoderado de mí, no he dudado, no lo he evitado. Ahora me han encerrado. Como a un perro rabioso. Si fuese un perro me matarían. Soy un peligro. ¿Deberían matarme? ¿Cómo he podido hacer eso? Estoy loco. Cloc, cloc. Estoy loco. Estoy loco. Me he vuelto loco. Ya está, es uno de esos casos en los que un tío normal se vuelve loco. Estoy loco. Paso de hablar. Cloc, cloc. Voy a mecerme. Paso de hablar. No hablo porque estoy loco. Joder, me he quedado loco. ¿Qué pasará ahora con mi novia?¿y mis padres?¿mi trabajo? ¿Me darán la baja por locura?

Voy a mecerme, y a respirar, respira, Jose, cloc, cloc. Respira… respira… y mécete, respira…  y finalmente hablé. La policía conocía al grupo de jóvenes que me atacó y estaban dispuestos a no hacer mi vida más complicada de lo que ya era. A su favor, entendieron la situación y me veían más como a una víctima que no como al verdugo. Volví a casa, pedí que me escoltasen. No quería hablar. Tampoco quise salir por las noches, ni conducir más.

-Va chaval, qué suerte que has tenido. Menuda paliza les has dado. (Cloc, cloc) Mira que si te llegan a pillar ellos te habrían dejado fino.

Pues igual hubiera sido mejor. Igual un par de hostias y para casa era la mejor opción. Dos días de hospital. Por lo menos ahora no estaría loco.

-Joder, ahora cuando salgamos, yo voy contigo que estaré más seguro, el Jackie Chan del Rocío.

Vas a salir con tu puta madre. Porque yo no salgo más por la noche. No me jodas… cloc, cloc. La idea de ensalzar mi violencia más bien me horroriza. No soy violento, no lo soy. O no lo era, quizás sí sea un violento.

No saben lo que pienso, no se lo voy a decir, no quiero decírselo, pensarían que me he quedado loco. Quizás sí. Creo que sí. Estoy loco ¿o lo estaba antes?

Estoy loco ¿o lo están ellos?

(min 1.39, la aplicación para que salga automáticamente no siempre funciona)